Si tuviera que describir el 2025 con una imagen, sería la de un prisma. Un año que, dependiendo de dónde posaras la mirada, refractaba la luz más cegadora o las sombras más profundas. Ha sido un periodo tejido con hilos de desesperanza y de esperanza, donde el rugido de los conflictos ha competido con el susurro silencioso de los descubrimientos. Y hoy, al cerrar este ciclo, me invade una reflexión intensa, teñida tanto de preocupación como de una tenaz, inquebrantable fe.
La Sombra que se Alargaba: Un Mundo en la Encrucijada
Mi corazón se ha entristecido, profundamente, al observar la inquietante tendencia global que ha marcado estos meses. Hemos sido testigos de cómo el odio racial y nacionalista ha alzado la voz desde los pulpitos del poder y las grietas de las sociedades, no como un fantasma del pasado, sino como una herramienta política del presente. La división se ha cementado, transformando desacuerdos en abismos y vecinos en adversarios. En demasiados rincones, hemos visto ataques frontales a las libertades fundamentales, un lento desmontaje de los pilares que creíamos firmes.
A esto se suma una incertidumbre tecnológica que nos deja a todos sin aliento. La inteligencia artificial, y su impacto en el mundo, avanza a una velocidad que desafía nuestra ética, nuestra legislación y hasta nuestra comprensión. Nos preguntamos, con genuino temor: ¿nos liberará o nos subyugará? ¿Amplificará nuestra humanidad o la extinguirá?
El planeta mismo ha gemido bajo el peso de nuestra negligencia. Los devastadores incendios en Los Ángeles, avivados por vientos de un nuevo clima extremo, no fueron un accidente aislado, sino un letrero en llamas. Mientras, conflictos como la guerra en Gaza y el persistente dolor en Ucrania han pintado el mapa con el color de la tragedia humana, recordándonos lo frágil que es la paz.
El Fulgor en la Oscuridad: Semillas para un Nuevo Amanecer
Pero precisamente porque miramos de frente a la oscuridad, los destellos de luz se ven con más claridad. Y el 2025, contra todo pronóstico, ha estado lleno de ellos. Son semillas plantadas hoy para que florezcan en el 2026 y más allá. Me aferro a ellos con fuerza.
Mi mirada se vuelve primero hacia el cosmos. Mientras en la Tierra discutíamos fronteras, la humanidad firmaba un pacto de colaboración para la Luna. Los Acuerdos Artemis, respaldados ya por más de 50 naciones, no son solo un plan para volver a pisar nuestro satélite. Son una promesa de presencia permanente y pacífica, un faro de lo que podemos lograr unidos. Demostrando que el acceso al espacio es una realidad cada vez más compartida. Incluso la emotiva despedida de la sonda Akatsuki en Venus, cargada con los mensajes de fans de Hatsune Miku, nos habla de una ciencia que no renuncia a la cultura y al corazón.
En la inmensidad azul de nuestro propio planeta, otro proyecto me ha robado el aliento: The Nippon Foundation–GEBCO Seabed 2030. La titánica misión de cartografiar el 100% del fondo oceánico para el final de esta década es quizás la mayor aventura exploratoria de nuestro tiempo. Es el reconocimiento de que tenemos un mundo entero por descubrir aquí mismo, en las profundidades que guardan los secretos de nuestro clima, nuestra geología y nuestra propia historia.
Y en la búsqueda de un futuro sostenible, una palabra ha resonado con fuerza: hidrógeno. De ser una promesa en la COP25 de Madrid, ha pasado a ser el protagonista de la transición energética de 2025. Ya no es una quimera; es la tecnología que impulsa vehículos de pila de combustible (FCEV), promete descarbonizar industrias y se erige como un pilar clave para lograr el equilibrio con nuestro planeta. Es la materialización de la esperanza en una ecuación química.
Reflexión Final: El Mosaico de lo Humano
Así que, ¿qué nos deja este 2025 tan contradictorio? Me quedo con la idea del mosaico.
La dolorosa lista de civiles caídos en conflictos sin fin. La muerte de un Papa y la elección de otro; el regreso al poder de figuras polémicas y la resistencia ciudadana.
Este mosaico, desordenado y complejo, es el reflejo de nuestro tiempo. Nos duele porque somos humanos. Nos maravilla porque somos curiosos. Y seguimos adelante porque, en el fondo, somos inherentemente esperanzados.
El año 2026 no viene en blanco. Llega cargado con los proyectos que hoy germinan: la cartografía de nuestros océanos, la carrera por una energía limpia, la construcción de una puerta permanente a la Luna. Llega con la lección, duramente aprendida en 2025, de que el camino del odio y la división solo conduce al abismo.
Por eso, al despedir este año, elijo enfocar mi mirada no en la grieta, sino en los puentes que estamos construyendo sobre ella. Elijo maravillarme con los 6,000 exoplanetas que hemos descubierto y que nos enseñan la inmensidad de lo posible. Elijo creer que la misma especie capaz de tanta destrucción, es la única capaz de mapear lo desconocido, de buscar vida entre las estrellas.
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